martes, 7 de mayo de 2013

Diana Escribe tampoco puede dormir


Y sintió ganas de matar. Ese pensamiento subversivo lo atacaba entre las 2:15 y las 3 de la mañana, cuando volvía de su estado  onírico al cual llegaba luego  de perderse entre el humo herbáceo que provoca  risa.  Su corazón  latía tan rápido que sentía vomitarlo junto a las ideas de muerte que calcinaban su espacio, idea de final  que le generaba ese ser dulce y endemoniado  que le había cambiado la vida.  Se sentó en la cama, luego se levantó y camino hasta el baño mojando de realidad su cara, cara que observaba en el espejo, cara desfigurada por el tiempo, la vida, la muerte, el cansancio, los recuerdos, la soledad, la compañía; sacudió sus manos que destilaban defunción y las seco manchando de pruebas la sabana con la que luego de apagar la luz, se arropo para  intentar  dormir.   El tictac del reloj evaporo la poca calma que yacía en su sitio y energizo la voz de su demonio “mátala- mátala- mátala”  le decía el grillo convertido en serpiente que vivía en algún lobby de su mente. Nuevamente se levantó y a oscuras encendió un cigarrillo quemando con él el veneno, la tranquilidad y la ansiedad que le producía escucharse así mismo. Vistió su escuálido cuerpo con algo de ropa abrigada, busco las llaves y salió de su refugio. En esa madrugada la luna  que lo acompaño silenciaba su mente, lo llevo a un viaje sin salida ni llegada, lo suspendió en esa nada de la que se alimenta, en la que noche a noche huye y él caminó hasta que el sol cerro sus pupilas.
Allí estaba, entre los arbustos que acolitaban su delito y su poder, observándola, viéndola, contemplando sus cejas, su boca, sus ojos, la armonía de su cuerpo y lo grisáceo de su alma y ella recostada en esa nada de verde oliva resaltaba las marcas de los bocetos de amor que pintaron sus días  y provocaban  su muerte y él perdido entre la excitación y la rabia mojaba  con su alma  recuerdos de días de amor y placer que hoy como metralla estallaba su cordura y ella atrapada entre el cinismo, el resentimiento , la vanidad y el goce extinguía la palidez  de su alma en un suspiro. Y él corrió. Corrió de regreso a su guarida, al ritmo del conteo de silabas que le cantaba la metamorfosis de su grillo. Llego, abrió la puerta y lo recibió el adiós de la vida ostentado  en el olor a putrefacción desde las patas de una rata que caminaba sobre su cuerpo y ella estaba allí, desnuda, bañada en el sudor  de la pasión inocente, fundida en un charco de sangre que limpiaba sus culpas y él la observa, celebra su muerte tras  una sonrisa y llora su ausencia al tocar su vagina húmeda, llena de promesas, de recuerdos, de viajes, de él. Y  sintió ganas de matar lo que quedaba de ella. Se sentó en la cama, luego se levantó y camino hasta el baño y trocó su placer lleno de culpas con pedazos de un espejo. 

no puedo dormir





Con el pucho de la vida apretado entre los labios, botando el humo exiguo de la existencia, esta es mi vida se lo repetía, y sin que nadie lo viera lloraba..., su enfermedad lo había arrojado a un ahora del que no podía escapar, siempre huía, encontraba la forma más cobarde de salir corriendo, se decía, es un mecanismo de defensa, no para sí, sino para proteger a los demás de si, de esa presencia terrorífica que infundía cuando con una mueca de sonrisa chocaba contra alguien, esas eran sus tristezas, un ocre pestilente que contagia la atmosfera de quienes lo acompañaban, aunque fuese un rato, aunque fuese un leve cruce de caminos, muchas veces, por eso simplemente cruzaba la calle, evitando cualquier contacto humano, por eso su mirada divagaba entre el vacio y la demencia, caminaba sin rumbo, caminaba sin recuerdos, autómata, sediento de algo incontable para repetírselo una y otra vez, algo para si, algo que lo lapidara día tras día, algo que le diera ese ultimo empujón, que hace que uno simplemente salte, al infinito, a ese infinito en el que creía, el de un sueño que no se recuerda, el del silencio absoluto, el de la oscuridad imperante, su reino no es de este mundo, su reino es el reino de la muerte, los senderos intransitados de la nada, la nada, lo aguardaba, esa era su esperanza, su única esperanza, su guarida, su verdadera naturaleza.


Con el pucho de la vida apretado entre los labios, era lo único que cargaba, eso y unas ganas incontenibles de escupir la vida, no tenia para un cigarrillo, mas de una vez mendigaba las colillas que alguien arrojase, las recogía como paloma hambrienta, como una gallina que vive con la mirada en el suelo, recogiendo mierda, para engullirla, para engullirse en sus pensamientos, leve, distraído, maquinalmente contaba sus días, otro más, solo falta otro más, y así se le paso la vida, esperando, aguardando, entre el humo de la vida, el humo de las expectativas, el humo que los otros expiran, el entre nubes de nicotina, sin nada más que las ganas de fumar, otro día, otro cigarrillo, otro sendero hacia la nada.


Algunas veces se figuraba fumándose a sí mismo, el era un cigarrillo entre sus labios, jugaba a ser torres de ceniza con su existencia, conteniendo el último suspiro para derrumbar la torre, y cuando no quedaba más de si, se arrojaba a un charco donde un perro lamia, donde un carro salpicaba a los transeúntes que van a prisa y siempre tarde, esta es mi vida, y sin que nadie lo viera lloraba.


El día marcado en la suela de su zapato llego, se prometió, sin ánimo de cumplirse, como siempre lo hizo, incapaz de cumplir alguna promesa por vaga que fuese, por sencilla que fuese, no compraría de nuevo un par de zapatos, estos eran los últimos, y propiamente dicho no los compro los recogió de la calle, como todo lo suyo, algo que alguien descarto, el siempre recogía algo, una hoja, una colilla, una conversación ajena, un beso, una caricia, el solo miraba, sin mirar miraba, su dedo gordo del pie, sobre salía, era el día, su fantástico día, camino cuesta arriba, cuesta abajo, la ansiedad la consumía, un cigarrillo por favor, un cigarrillo, nunca pidió nada, se conformo con lo que otros arrojaban, era un parasito, un hongo, un ser que arrastra su vida buscando un cigarrillo.


Doblo por la esquina donde un grafiti lo hacia detenerse a contemplar como los colores forman a su antojo figuras, esta vez no se movían, solo era una mujer que maquillaba su cráneo, la parca, la puta parca esta vez se burlaba de el, puta, le gritaba, puta leprosa, salió corriendo de allí, su zapato no aguanta la contienda contra el gris asfalto, y finalmente se rompe, llego la hora, se dijo resuelto, subió aquel puente largo que atraviesa la 68, se paró a ver como huyen los carros buscando sus hogares, vio a las personas cansadas apretujadas en aquella carrosa fúnebre rojo con negro, tras milenio de mierda, lo escupió desde lo alto, miro las estrellas, no sabía el nombre de las constelaciones, para él solo había bruma, noche gris y frio, a veces también había Luna llena y se sentía enamorado, se sentía extrañamanente arrojado a la vida, pero ya había llegado su hora, su zapato se lo decía, sus callos se lo recordaban, su pecueca se lo gritaba, llego la hora, dijo resuelto, pero un cigarrillo, solo eso deseo, un cigarrillo, callo en la cuenta que en realidad no le gustaba fumar, solo era el pretexto para buscar algo, para levantarse, para moverse, para extrañar algo, para necesitar algo.


Con el pucho de la Vida apretado entre los labios, escupe la colilla imaginaria, y se arroja sin pensarlo a un C 18 autopista Sur, su vida quedo desparramada, formando charcos de sangre y jardines de viseras, un joven que por allí caminaba dejo caer de sus labios un cigarrillo intacto, casi nuevo que se esfumo hacia la nada, como el pucho de la vida apretado entre los labios.

sábado, 4 de mayo de 2013

laberinto de Sombras, de Juliana


EL  LABERINTO DE SOMBRAS
Movido por un recuerdo difuso y macabro que le asistió aquella tarde y que le robó la tranquilidad, se alistó para la calle, impulsado por el deseo de recomponer aquella visión pasajera. Obligado por un remordimiento injustificado, salió de casa y se hallo rápidamente  cansado, caminando por las largas avenidas del barrio, apartando desesperado sus ojos del fulgor  excesivo que producían los avisos del comercio, evadiendo el hollín repugnante de los restaurantes y separando con repulsión una y otra vez las suelas de la inmundicia  y del agua descompuesta de los desaguaderos laterales de los andenes. Avanzaba, asintiendo  con recelo  los figurines y  las muecas  hostiles de las gentes que transitaban por la misma vía tratando de hacerse impalpable. Exhalaba inútilmente el humo de su cigarrillo, tratando de recobrar la cordura de sus nervios,  mientras seguía en su memoria a las imágenes atroces de aquella remembranza. Le parecía que cuando caminaba, los lugares trataban de recordarle  otro crepúsculo parecido al de ese día. Sentía que debía regresar a un sitio, al otro lado del  barrio. La desesperación le dictaba en voz alta que debía encontrar el sosiego de su destino, pero  el vallado, que había decidido atravesar (de nuevo) para llegar prontamente, le sugestionaba la cabeza con más preocupaciones. Entró indeciso a los pastales, no avanzaba en pasos, sin antes recorrer con sus irritados ojos, rápida y minuciosamente los recodos del horizonte  de la noche que avecinaba, tratándole de ganarle distancia a aquella otra sombra anónima que desde que salió, le custodiaba. En vano articulaba con sus pies dos o tres zancadas, para abarcar siquiera un metro del suelo que  aleatoriamente se iba deformando ante su  angustia. Llegando al centro del vallado, la ansiedad era tal, que sus pies empañados por el polvo, se alzaban sólo a razón del miedo, de que le asaltasen por la espalda, aunque lo  único que encontraba al reparar el lugar, era la imagen difusa  de sí mismo y la de la mancha que cada vez se hacia más obscura. Temeroso, se imaginaba tendido en el polvo, reducido por el peligro de aquella negrura que le perseguía los pies. Mientras espantaba la sombra aligerando la marcha, el peso del delirio  le carcomía la mirada con visiones desteñidas de bellos rostros desfigurados. Salía ya, de la polvareda, haciéndosele cada vez  mas imposible controlar las murmuraciones que el miedo fabricaba en su mente, cuando halló una edificación compuesta por decenas de pequeñas viviendas.  Por fin llegaba, pensó, mientras que una sonrisa forzada le adornaba la cara, como haciéndole evidente el  gozo de haber logrado salir de este pequeño infierno conocido y llegar a la seguridad  de aquella gran caja de ladrillos que desde hace horas se le asomaba en el recuerdo. Acortó la marcha, y como si nadie lo pudiese detener, sobrepaso la portería y aguardó sin calma, con las manos en los bolsillos, en el parque escuchando las risas y los gritos de los niños que  abusaban con sus juegos de la resistencia de las fibras del columpio y de la solidez del plano del deslizadero. Mientras oía  con fastidio  los múltiples chillidos  de los infantes  que desfilaban ante él, de un lado para otro como partículas de polen, gotas de sudor, le alargaban las facciones de su rostro pálido y agotado por la angustia. Su mente intentaba ignorar el panorama, pero su rostro  fabricaba involuntariamente un gesto  de indignación para aquellos vecinos que asomados a sus ventanas, inutilizaban  el tiempo con sus televisores encendidos.
Recién retiraba su odio de uno de ellos,  cuando divisó la única expresión que se le hacía apta en ese espacio de frías  verticalidades de concreto.  Hacía tiempo que no le veía, pero tenía fija la imagen de la perfección del rostro de la joven, que por  última vez visitaría. Era como si ella, de manera inconsciente se propusiese a hacerle olvidar  la angustia por la que pasaba, encontrándole esa noche alivio al temor que le invadía. Ella no le advirtió ahí estancado, mientras dirigía su fino paso hacia la salida, pero en él en cambio  pudo ver cuando sus sombras, se abrazaron invisiblemente: la de ella abarcando con los brazos su cuello y una buena porción de la cabellera hirsuta que le colgaba un poco más abajo de los hombros y la de él, que ahora era menos grave y amenazadora, cuando posaba, un sereno y discreto roce de la mano en su mejilla. Mientras la joven se apartaba de aquel espacio,  asentó con su ansiedad, haber visto ante sí, la imagen de la divinidad de la carne.  Una vez más, se puso en marcha, tras ella, regresando al descuido del peligro exterior, del cual recién había escapado perturbado pero con firmes intenciones. El plan de aquietar la desesperación, alentaron su éxtasis por compartir los mismos pasos que ella; se le acercaba, al ritmo de la caminata una y otra vez, saboreando secretamente de un suspiro la fragancia sublime de su belleza, encendiendo en sus ojos, la podredumbre del rumbo de las calles, con la misma impresión de asco, que lo había acompañado hace unas horas, cuando apenas comenzaba a buscar las evidencias de su  trance.  Para cuando  habían recorrido quizá, tres o cuatro cuadras hacía el vallado,  el afán de los pasos persecutores, alertaron a la joven quien ya miraba con desconfianza de reojo al hombre, tratando de descubrir las intenciones que le seguían. Informado por la angustia de su divina precesora, aceleró cada vez más su  marcha hasta lograr hacerle volar los cabellos a la joven que escapaba con miedo hacia el anfiteatro de sombras  de un vallado solitario.
Con una visión comprimida en las pupilas, corrió mas ligeramente hasta arrebatarle al frio viento de la noche, el brazo débil de la victima y atrayéndola violentamente hasta sí,  contempló en su bello rostro, claramente el recuerdo que antes borroso se le presentaba en la memoria, todo se detuvo momentáneamente. Bajo esta pausa incomoda del tiempo, en el cual las miradas auguraban el destino desastroso  de ambas almas, aquel ser fatigado por la cacería, razonó  lo que querían sus visiones: recompensar con golpes, infanticidios, violaciones, palizas  y aberraciones, el odio   de la sombra que le gobierna.
Gozaba en ese instante, de que la desesperación que antes sentía y que casi le desase el cerebro, ahora se albergara en la inocencia de aquella joven, que habría ahora de padecer su método frívolo de tortura. Le ató a sus manos a dos puntillas que usó como estacas, le desnudó y cuando  estuvo agotado del grito y de la observación silenciosa  de su victima, empezó a decirle a la vez que giraba un pequeño frasco con la mano ensangrentada, cosas como que  quizá su mente tan solo tramaba jugar con ella y luego con suerte le dejaría ir, como lo hacen los gatos con los ratoncillos que no estiman para el hambre. O que tal vez hoy moriría de la manera más atroz, pero de la manera que conviniera su  maldad con la sombra que le hablaba, también le dijo que su condena igual que la de él, no estaba en sus manos, ni ese día, ni los días que le persiguió tramándole un final.
La joven apenas y tenía voz para pedirle misericordia por su vida, se ahogaba en un llanto como de niño enfermo, hasta que yació aparentemente dormida. Cuando esto sucedió el hombre recobró alientos para continuar su crimen, destapo el frasco que se hallaba ya tibio por el roce de sus manos, y comenzó a verter el contenido a gotas en el cuerpo, a la vez que le decía que este día le habría de revelar como era su sombra, la sustancia fue poco a poco carcomiendo la carne  y la muerte poco  a poco carcomiendo a la vida. Abría dado probablemente unas cuatro o cinco vueltas el reloj, cuando ya los últimos gritos de la joven se apagaron ante la acción del veneno corrosivo que ingirió su último aliento. Aquel hombre permaneció allí también como un ciego, examinando  fijamente con sus manos  la galería  de sangre y carne  dispersa por el pasto, hasta dormirse.
Mucho antes de que llegara la mañana, al otro día, el hombre despertó, sus ojos no vacilaron en partirse al repentino miedo que le ahogaba. Sin levantarse, giró sus ojos con ternura hacía el cadáver, sonrió y reconoció  el angustioso mensaje que traería la nueva sombra de esos días.

sábado, 27 de abril de 2013

Tercer Sábado de cuentos...

Esta vez nos echa el cuento Hernando Urrutia:


A nefasto lo persigue un recuerdo que ninguna puta le borra.

No encuentra olvido tampoco en la lectura porque las letras sublevadas se desordenan para volverse a ordenar formando una sonrisa.

Sale a tomar smog, buscando entre la muchedumbre su soledad pero nadie la delata sabiendo que la lleva pegada a sus espaldas.

En su loco recorrido le brinda tragos de cemento a sus zapatos hasta embriagarlos de cansancio.

Cansancio de los ojos que lo miran, cansancio de las prisas que lo arrasan, cansancio del argos que acompaña el transitar de los ladrones.

Cansancio de las voces que le preguntan para donde va, y cansancio de contestarles: pa’la mierda!! 

lunes, 15 de abril de 2013

domingo, 14 de abril de 2013

El primero...


Lo pongo aquí, pues llegó anoche pero como comentario

Juantanatos13 de abril de 2013 19:45

Cripi, Tripi, Halloween, en búsqueda del duende de la Traba.
Era el Popelino, quien iniciaba las conversaciones, lo necesitábamos, de lo contrario podíamos durar semanas enteras sin hablar nuestras conversaciones se reducían a las más triviales y estúpidas secuencias de monosílabas acompañados de algunos gruñidos, que se nos escapaban frente al desespero de tener que hablar, la gravedad de nuestros sentimientos, nos congregaban con un mismo fin, buscar el fondo, tocar fondo, con las ulceras, con la piel, tocar fondo con el alma, la que yace podrida en nuestros cuerpos semi humanos, Que hay para esta noche, dijo el Popelino, huelo a Viernes, mientras encendía un cigarrillo, y golpeaba con sus manos una mesa, tarareando Dumb, de Nirvana, hay que subir suave, para caer en picada, El Árabe, mirando las estrellas, desde una hamaca, llena de pulgas, y manchas del amarillo pegante, dice, Celebremos hallowen, Nefasto, siempre protegido con su rutina, y anfitrión de aquella madriguera donde dejábamos caer nuestra existencia, dice enfático, moviendo su rostro delgado, y cubierto de ojeras no se puede, estamos en abril, Jinata, la única mujer del grupo y al decir la verdad la única que lleva pantalones, dijo vamos, busquemos la noche y que nos encuentre absortos en la locura.
Nefasto, era de profesión titiritero, saco de un baúl, unos vestuarios, Yo, simplemente “El” comencé a sacar uno tras uno, Jinata Escogió uno de Apio, se atavió de aquella verdura, y maquillo, sus bellos ojos cafés, Nefasto utilizo su disfraz favorito el de Arlequin, pero maquillo su rostro como un cadáver, El Árabe, se vistió de Vikingo, dejando ver su barriga peluda, El Popelino, que era quizás el que tenía un cuerpo para ostentar, se puso un traje de oso de felpa, que le quedaba pequeño marcándole sus nalgas y sus genitales, yo me puse una camisa blanca abotonada al cuello, un pantalón negro, con unos zapatos oscuros, y un bolso de cuero, me peine de lado y dije que esta noche sería un testigo de Jehová,
Sobre una mesa, al lado del Capital y de Lolita, hice tres caminos blancos, para surcar las estrellas, El Vikingo olio las estrellas de primeras, su larga barba quedo blanca, la Lechuga le clava un beso incisivo y aspira su avenida de anturios, El Popelino grita fiesta y aspira su raya, cerrando los ojos, para aspirar mas hondo, Nefasto como siempre pasa, y Yo enrollo una estampita del niño Dios y aspiro, canto de narices, horcas llamándose para aparearse, la noche nos llama, salimos…
Nefasto Vive en el Eduardo Santos, en cada esquina mujeres y travestis compiten para mostrar sus carnes, moldeadas por el frio y la noche, Nefasto cuyos únicos vicios son la lectura y las putas, comienza su frenesí óptico, yo que estaba embalado y ansioso, aspire con las llaves de mi piesa, dos puntas en cada fosa, me acerque a un travesti negro como de dos metros que mostraba con orgullo sus preciosas tetas, y le dije, señor, podría usted ser tan amable y permitirme besar sus pezones enciliconados, El, sonrió dejando ver sus hermosos dientes blancos, yo me acerque y comencé a mamarlos, sentí como, si de la Teta de la primera mujer negra, que habito la tierra, saliera un látex divino, que me reconcilio, con la tradición y el futuro, Jinata la Lechuga, también quiso tocarlas pero esa ambrosia estaba vetada para mujeres, en otra ocasión será, dijo mal humorada, El Popelino llego como el Conejo de Pascuas, cargado de Cinco Trips, cada uno cogio el suyo menos, Nefasto, y de una a nuestras lenguas, lo dejamos derretirse, su amarga espesura, bajo por nuestras gargantas, iluminando nuestras tráqueas, volviéndonos mágicos personajes de un cuento para niños, de esos que velan al dulce respirar de un sueño apacible.

El Popelino, que combinaba su traje de Osito con botas punteras, comenzó a golpear, las puertas de los locales cerrados, el sonido estridente de los metales, hacían eco en nuestros oídos, yo siempre me envideo, con las luces de los postes, su amarillo tibio, me sobrecoge en un recuerdo, y entonces soy niño, y estoy en una calle montando cicla, El Vikingo, juma sobre el hombro de su apio, y Nefasto, declama un poema de Vodeleire, los puños del Popelino sangraban , Jinata El Apio, se acercó y mirándolo a los ojos, le siembra un beso en la frente y le dice vámonos, el autómata la sigue, todos la seguimos, esta noche el video era suyo, y eso estaba bien, yo temía ser Caronte esta noche, mis Videos son muy tristes, y terminan con un monologo suicida, El Árabe, Comienza a escribir fórmulas matemáticas, y a buscar pegante, está buscando la ecuación que despeje el alma de su existencia, mientras repite de memoria versos de Vargas Vila, El Popelino Invita a que vayamos a Rumbear, nosotros comenzamos a reinos, en el Eduardo Santos cada quien se disfraza como quiere, pero más arriba buscando la Candelaria, es otro mundo, las personas quieren verse bellas, se apretujan sus ropas para verse como un video Anglo, o una película Francésa, para sorpresa nuestra, Jinata dijo si, todos guardamos silencio, y seguimos su caminar, sujetos de la manos, como peregrinos a la meca.
Salimos a la 19 y comenzamos a subir hacia la Séptima, el Popelino dijo que quería un chorizo, todos esperamos, de repente grita El Vikingo, por Odín, por mis putas barbas, ese chorizo me está hablando y comienza a golpear, el puesto de comidas, Chorizo endemoniado, legión de demonios, cerdos, Jinata intento detenerlo pero no pudo, el Popelino, vio la oportunidad de robarse el Chorizo y salió Corriendo, el Arlequín se sentó sobre el andén, indiferente se saca un moco y se lo tira a una pareja que espera un bus. 
Llega un celador, armado de un palo de escoba, y le pone un palazo al Vikingo en la Cabeza, Rompiéndole el cráneo, Jinata la mujer Apio, coge a patadas al celador, y Yo el testigo de Jehová, me estallo en mi trip, mirando la luna llena, comienzo a reír como un demente, me tiro al suelo y me revuelco de la risa tan impresionante que me invade, llegan unos amigos del vendedor de Chorizos y concurren en su auxilio, propinando una lluvia de venganza sobre mi cuerpo, patadas y puños y caen de sus manos grasientas, y yo no para de reírme, finalmente una patada, seca en el rostro me hizo ver puntos luminosos y fugases, sentí un zumbido en mis oídos, como una oda maravillosa, y un Bálsamo tibio y rojo beso mis labios, a Jinata le rompieron el disfraz y por derecha la nariz, ella aún tenía en sus manos el poco cabello costeño que poseía el celador costeño, que se lamentaba en lenguaje costeño, El Árabe la Cogió de una mano, y salió corriendo con ella, porque venía la policía, Nefasto aprovecho el desorden para coger la plata del puesto de chorizos, el Popelino termino en una fiesta electrónica y Yo, cante a la Luna, CRIPI, TRIPI, Halloween, Quiero Magia Para Mi. De repente llega un Enano Mariachi que canta sus canciones los domingos en la Ciclo vía y con su ronco y ebrio tono murmullo a la noche. Baja Solito en el Mundo, Va deseando la Muerte, lleva en su pecho una herida, va con su alma destrozada, hombre y guitarra cantando a la luz de las Estrellas.

jueves, 11 de abril de 2013

Casi pero todavía no...

El próximo sábado 13 de abril nuestro primer cuento oficial de Habituario, pero como abrebocas comparto este otro, escrito hace algún tiempo por uno de esos locos que deambulan por el vecindario de los absurdos donde habita mi alma insurrecta:

http://angelrivera32.blogspot.com/2011/01/taxis-golpes-y-tequilas.html

lunes, 8 de abril de 2013

Sobre habituario.

Comienza una serie de cuentos que cada sábado serán publicados: un tanto de poesía y barbarie, mucho de locura y desencanto...
Sólo lee y lee, quizá con el tiempo termines también publicando.